Durante un vuelo desde la dulce y tranquila ciudad de Querétaro (México) hacia la creciente Dallas (EU) pensaba, al ver la luz por la ventanilla, cómo ante nuestros ojos la blancura nos ofrecía un paisaje lleno de una luminosidad, que no venía de las nubes, sino del sol, cuyos rayos descansaban en las partículas de agua en evaporación.
Este fenómeno ofrecía las condiciones perfectas para que nuestros ojos no captaran la pureza de la luz; pero sí podían percibir, perfectamente, esa presencia iluminada que no produce sombra, que se acerca más a lo que conocemos como resplandor. Y eso era sólo a unos cuantos miles de pies sobre la tierra.
La mirada de un artista visual es capaz de ver el mundo natural y nuestras realidades con más detalle. Es como el oído de un músico, tan fino, que puede captar sonidos que no todos escuchan. De la misma manera pasa con los ojos de un artista visual: el observar el mundo que nos rodea, es una invitación a escudriñar el alma. No es únicamente lo que podemos ver con nuestra lente, sino lo que apreciamos desde nuestro interior, lo que nos inspira a meditar en ese mundo luminoso e invisible a la vista. Es el punto donde los fragmentos perceptibles se quedan en la frontera entre lo natural y lo sobrenatural. El resto del camino se descubre con los ojos del espíritu.
En ocasiones me pregunto cómo es que Juan, el que bautizaba con agua, descifró con su vista espiritual. “El que viene en pos de mí es el que bautiza con el Espíritu”; es decir, ese hombre pudo ver con sus ojos espirituales la obra de salvación para la humanidad. Es esa dimensión la que nos ofrece una fotografía que traspasa la imagen, y puede cruzar la frontera entre lo natural y lo sobrenatural.
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
Romanos 1:12.
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